En la llamada ‘realidad aumentada’ se combina el mundo real con objetos digitales. Su mayor difusión se centra en el sector de los videojuegos (por ejemplo, Pokemon Go). Y también, con otros dispositivos (como las gafas de realidad aumentada), puedes adentrarte en el Louvre o en las Pirámides de Giza sin moverte de tu sofá. Pero todas estas experiencias son ‘individuales’ y, en la mayor parte de los escenarios, actúas como simple espectador.
El salto de concepto hacia el ‘metaverso’ estriba dos conceptos básicos: inmersión e interconexión: crear una réplica inmersiva del mundo real en la que se podría interactuar con otras personas, objetos y espacios. Es decir, en la creación de un mundo paralelo virtual, “casi una réplica aumentada del mundo en el que vivimos, donde se rompen las barreras de tiempo y distancia y donde podemos hacer distintas actividades de la vida de hoy en ese mundo digital. Pero siendo protagonistas”. (Manu Chatlani, director ejecutivo de la agencia digital Jelly)
El concepto de ‘metaverso’ no es nuevo. De una manera u otra, ya lo hemos leído en libros, visto en películas… De hecho, el término ‘metaverso’ tiene su origen en la novela ‘Snow Crash’, de Neal Stephenson, publicada en 1992, en la que un repartidor de pizzas americano se convierte en un príncipe guerrero… en un mundo real-virtual…
Porque en el metaverso no se busca crear un mundo de fantasía sino una especie de realidad alternativa en la que podamos hacer las mismas cosas que hacemos a diario, fuera de casa, pero sin movernos de la habitación.
Y eso es lo que está construyendo el creador de Facebook, una nueva plataforma social (Horizon) en la que convivan espacios virtuales compartidos habitados por avatares digitales. Según Zuckerberg, “La próxima plataforma y medio será una Internet aún más inmersiva y encarnada, en la que estás en la experiencia, no sólo mirándola. A esto lo llamamos metaverso”.
Sin embargo, aunque en estos momentos sea Facebook -o Meta- su cara más visible, para que el metaverso funcione sería necesario que no perteneciera a ninguna empresa. Debería tener una estructura de red -igual que internet- y sería una suma de espacios virtuales interconectados que adoptaran una serie de estándares. Hoy en día, hay varias compañías que ya están apostando por este concepto y, si se afianza, tendrán que ponerse de acuerdo para implantar un esquema común.